Mujer reflexionando sobre el ciclo del abuso narcisista en una relación tóxica
Narcisismo
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21 de junio de 202610 min

Ciclo del abuso narcisista: ¿Por qué vuelves una y otra vez?

Javier Vieira, psicólogo especialista en narcisismo y trauma bonding

Ps. Javier VieiraPsicólogo especialista en narcisismo y trauma bonding

La llamaré Marcela. No es su nombre, y tampoco es una sola mujer: es lo que queda cuando junto a varias pacientes que llegaron a consulta con la misma frase. Se sentó, puso el teléfono boca abajo sobre la mesa —ese gesto de quien no quiere verlo vibrar— y me dijo: «Yo ya sé todo lo que usted me va a decir. Sé que se llama idealización, devaluación y descarte. Lo tengo subrayado. Y anoche le volví a escribir».

Era la cuarta vez que volvía. Y lo importante de esa frase no es la culpa con la que la dijo: es que era exactamente cierta. Marcela sabía. Podía recitar el ciclo mejor que varios estudiantes de psicología. La información no le faltaba. Entonces, ¿qué le faltaba?

Este artículo es el camino que recorrimos para contestar eso. No va de por qué él hace lo que hace —eso ella ya lo tenía clarísimo—, sino de algo que casi nadie explica: qué vas a buscar tú, exactamente, cuando vuelves.

Saberte el ciclo de memoria no te saca del ciclo

Las tres fases —idealización, devaluación, descarte— describen su conducta. Son un mapa de él: cómo te inunda al principio, cómo empieza a corregirte después, cómo te suelta cuando dejas de cumplir una función. Es un mapa útil y hay que tenerlo.

Pero fíjate en algo: tu regreso no aparece en ese mapa. El ciclo explica lo que él hace; no explica lo que a ti se te quedó abierto. Ahí está el error que veo repetido en consulta: creer que entender la mecánica del otro alcanza para soltarlo. Marcela había leído todo sobre él y nada sobre lo que a ella se le había quedado sin cerrar.

La devaluación no llegó después de la idealización: ya venía adentro

Esta es la parte que casi nunca se cuenta, y es la que a Marcela le movió el piso.

Solemos imaginar las fases como capítulos: primero lo bueno, después lo malo, como si algo se hubiera dañado por el camino. En consulta veo otra cosa. La idealización no es el capítulo bueno: es el inventario. Mientras te elogia, está aprendiendo qué te importa. Y lo que aprende ahí es exactamente el material con el que después te va a golpear.

Le pedí a Marcela dos listas. Una: qué le elogiaba en los primeros dos meses. Otra: de qué se burlaba en el mes catorce. Eran la misma lista.

  • «Me encanta que seas independiente, no eres como las demás» se volvió «tú no me necesitas para nada, eres fría».
  • «Eres la única que me entiende» se volvió «tú siempre estás analizando a todo el mundo, qué cansancio».
  • «Me fascina lo cariñosa que eres» se volvió «eres intensa, no me dejas respirar».

No cambió de opinión sobre ti. Usó el mismo material: primero como anzuelo, después como arma. Haz tus dos listas. Si te salen iguales, ya tienes contestada esa pregunta que te repites de si «al principio fue real»: fue real como reconocimiento del terreno.

Y esto tiene una consecuencia práctica enorme. Si la devaluación estaba desde el primer día, entonces no existe ninguna versión anterior a la cual volver. No hay una fecha del calendario donde estuviera todo bien y a la que puedas regresar para arreglarlo. Lo que extrañas no es un tiempo que se perdió; es una versión que te mostró para engancharte. Shahida Arabi lo formula bien: no echas de menos a la persona real, echas de menos la primera versión, la del principio. Esa nunca fue el trato.

Esto no es el ciclo de la violencia de Walker (y confundirlos te deja adentro)

En los años setenta, la psicóloga Lenore Walker describió el ciclo de la violencia en tres tiempos: se acumula la tensión, estalla un episodio agudo y después llega la luna de miel —él se arrepiente, pide perdón, promete—. Es un modelo valioso y describe muchísimas relaciones. Si ese es el tuyo, lo desarrollo aparte en «Por qué no puedes escapar del ciclo de la violencia emocional».

Ahora fíjate en la diferencia, porque es la que más daño hace cuando no se ve. En el modelo de Walker hay un episodio y hay un perdón. En el ciclo del que hablamos aquí, muchas veces no hay ninguna de las dos cosas. No hubo un estallido que puedas señalar y fechar. No hubo disculpa. El buen trato simplemente volvió, sin que nadie admitiera que había pasado nada.

Eso te deja en un lugar peor. Sin episodio no tienes prueba: ni para los demás, ni para ti. Por eso tantas mujeres me dicen «lo mío no era tan grave, nunca me gritó, nunca hubo un golpe» y se quedan. Una reconciliación sin disculpa no cierra nada. Te devuelve al principio con la pregunta todavía abierta.

Lo que Marcela iba a buscar no era él

Aquí está la respuesta que estábamos buscando, y no es romántica.

La devaluación instala una pregunta: «¿qué hice mal?». Y no la instala una vez: la instala todos los días, en dosis pequeñas, con correcciones que por separado parecen nada. Después el descarte la deja sin responder. Te suelta justo antes del final, con el examen a medias.

Tú no vuelves a la relación. Vuelves a la última pregunta. Vuelves a presentar el examen, a ver si esta vez sí. Por eso el regreso se siente urgente y no se siente como amor: porque no lo es. Es una tarea interrumpida buscando cerrarse.

Y hay algo más, más incómodo de decir. No solo extrañas la primera versión de él. Extrañas la primera versión de ti: la mujer que fuiste durante esos dos meses en que alguien te miraba así. Volver a él es el atajo para volver a ella. Ese atajo es el que hay que quitar —y conviene que sepas que esa mujer sí existió: no la inventó él, la sacó de ti.

La química de todo esto tiene su propio espacio: si quieres el detalle de qué ocurre en tu cerebro mientras el ciclo gira, está en «Qué pasa en tu cerebro con el trauma bonding».

Lo que sí conviene que sepas aquí es por qué la puerta de regreso quedó tan bien engrasada. En 1993, los psicólogos Donald Dutton y Susan Painter midieron algo contraintuitivo en relaciones de maltrato: la intermitencia del abuso explicaba el apego mejor que la cantidad total de abuso. O sea, lo que ata no es cuánto dolió: es lo impredecible que fue. Y eso engancha con un principio conductual básico, el de Skinner: una conducta que se premia solo a veces es la más resistente de todas a apagarse. La máquina tragamonedas no paga siempre; por eso nadie suelta la palanca. Si vuelves y a veces te va bien y a veces te va pésimo, estás en el peor esquema posible para dejar de volver, y en el mejor posible para seguir haciéndolo.

Y no lo confundas con el hoovering

Cuidado con mezclar dos preguntas distintas. Que él vuelva —el hoovering— tiene sus propios motivos, y casi ninguno tiene que ver contigo; eso lo desarrollo en «Por qué el narcisista vuelve».

El regreso del que hablo aquí es otro, y es el que menos se nombra: el tuyo, el que ocurre sin que él haya movido un dedo. Sin mensaje, sin llamada, sin excusa. Un martes cualquiera, tres semanas después, escribes tú. Ese regreso asusta más, porque no puedes atribuírselo a su manipulación. Y es, justamente, el que sí se puede trabajar: el disparador está de tu lado, y lo que está de tu lado se puede ver.

Lo que hicimos con la lista

A Marcela no le di una lista de consejos. Hicimos tres cosas concretas.

  1. Responder el examen por escrito, una sola vez. La pregunta «¿qué hice mal?» tiene respuesta y hay que escribirla completa: qué hiciste mal de verdad (siempre hay algo, somos personas), qué no era tuyo, y qué era directamente imposible. James Pennebaker midió durante años algo simple: escribir varios días seguidos sobre lo que dolió produce mejoras medibles en salud física y emocional. Poner el examen en papel lo cierra de una forma en que darle vueltas a las tres de la mañana no lo va a cerrar nunca.
  2. Registrar el regreso como dato, no como fracaso. Cada vez que le escribió, Marcela anotó la hora y qué había pasado veinte minutos antes. En dos meses el patrón fue evidente, y no era el amor. Era una humillación pequeña en el trabajo. Era un domingo a las siete de la tarde. Y —esto lo veo mucho y casi nadie lo menciona— era una buena noticia sin nadie a quién contársela. El impulso de volver rara vez nace del recuerdo bonito: nace de un momento concreto de tu día que se puede identificar y, después, cubrir con otra cosa.
  3. La regla de las 48 horas. No como consigna moral, sino como constatación: el impulso de escribirle no dura dos días, dura unos minutos. Lo que dura dos días es la decisión de sostenerlo. Marcela empezó escribiendo el mensaje entero en las notas del teléfono, con fecha, sin enviarlo. Al releerlo 48 horas después casi siempre le daba vergüenza. Y esa vergüenza era información: el mensaje lo había escrito una parte de ella que no manda.

Marcela, ocho meses después

Volvió una quinta vez. Te lo cuento porque prometerte un final limpio sería mentirte, y porque el detalle es lo que importa: la cuarta vez duró cinco meses; la quinta duró cinco días.

Esa es la medida real del avance, y es la que nadie te da. No es «no volver nunca más». Es que el regreso dure menos. Que lo veas mientras está ocurriendo. Que puedas decirte «esto ya lo conozco, esto es el examen otra vez» a los cinco días en lugar de a los cinco meses. El ciclo casi nunca se rompe de un tajo: se va quedando sin tiempo.

La sexta no hubo. No porque dejara de dolerle —le dolió meses más—, sino porque un día, con las dos listas delante, vio que la pregunta ya estaba contestada y que no quedaba examen al que volver.

«Yo no lo extrañaba a él. Extrañaba que alguien me dijera que sí, que yo estaba bien». Eso lo dijo ella, no yo.

Si estás en ese punto exacto —sabiéndotelo todo y volviendo igual—, cerrar esa pregunta es precisamente el trabajo que hacemos paso a paso en Apego Detox.

Y si te olvidas de todo lo demás, quédate con esto: volver no fue tu fracaso. Volver fue la respuesta lógica a una pregunta que quedó abierta, y tu cabeza está demasiado sana como para dejar una pregunta abierta. La salida no es dejar de volver a la fuerza, apretando los dientes. Es contestarla tú, hasta que al otro lado no quede nada que puedas ir a buscar.

Preguntas frecuentes

¿Es verdad que una mujer vuelve siete veces antes de irse definitivamente?

Esa cifra circula por todas partes y no tiene detrás un respaldo que yo pueda defender, así que no te la doy como dato. Lo que sí es cierto es que volver varias veces es lo habitual y no la excepción. Y que el número de tus regresos dice mucho menos que la duración de cada uno.

¿Puede darse este ciclo aunque él nunca haya sido diagnosticado con nada?

Sí, y es lo más común. Ningún artículo diagnostica a nadie, y no hace falta un diagnóstico para que el patrón te esté haciendo daño. Describe la conducta que viviste, no la etiqueta: el elogio que se volvió burla, la reconciliación sin disculpa, la pregunta que quedó abierta.

Tengo hijos con él y no puedo cortar el contacto. ¿Entonces no hay salida del ciclo?

La hay, pero cambia de forma. Con hijos de por medio el objetivo no es el silencio absoluto, sino reducir el contacto a logística: por escrito, breve, solo datos, sin abrir conversación sobre la relación. El ciclo se alimenta del intercambio emocional, no de coordinar quién recoge al niño el viernes.

¿Cuánto dura la fase de idealización?

No hay un reloj fijo: en consulta la veo desde unas semanas hasta más de un año. Lo que sí se repite es que se acorta en cada regreso: cada vez que vuelves, la parte buena dura menos. Ese acortamiento es una de las señales más claras de que estás dentro de un ciclo y no en una relación que tuvo un mal momento.

Si estás en riesgo: en Colombia, la Línea 155 atiende violencia de género las 24 horas, gratis desde cualquier teléfono; en emergencia inmediata llama al 123. Si estás en otro país, busca la línea de atención de violencia de tu localidad.

Este artículo tiene fines educativos y divulgativos. No sustituye la evaluación ni el tratamiento de un profesional de la salud mental. Si atraviesas una crisis, busca atención profesional en tu país.

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Javier Vieira, psicólogo especialista en narcisismo y trauma bonding

Sobre el autor

Ps. Javier Vieira

Psicólogo especialista en narcisismo, trauma bonding y apego tóxico. Acompaña en consulta a mujeres que quieren salir de relaciones que las lastiman, y creó Historias de la Mente, una comunidad de más de 180.000 personas.

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