madre narcisista afectando emocionalmente a sus hijos
Narcisismo
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12 de abril de 202611 min

¿Cómo el narcisismo destruye la infancia de tus hijos?

Javier Vieira, psicólogo especialista en narcisismo y trauma bonding

Ps. Javier VieiraPsicólogo especialista en narcisismo y trauma bonding

Este artículo no trata de la infancia que tuviste tú. Trata de la que tus hijos están teniendo ahora mismo, mientras decides qué hacer con el hombre que duerme en tu casa —o que los recoge dos fines de semana al mes—.

En consulta casi ninguna madre llega preguntando si su pareja es narcisista. Llega con una pregunta más pequeña y más honesta: «¿mis hijos van a salir bien de esto?». Y debajo de esa pregunta hay un puñado de creencias que casi todas cargamos sin revisar. El problema es que varias de ellas empujan justo en la dirección contraria a lo que la madre quiere lograr.

Vamos a desarmar cinco.

Mito 1: «Mientras no les grite a ellos, no les está haciendo nada»

Este es el más caro, porque es el que compra tiempo. Mientras el niño no sea el blanco directo, parece que está a salvo.

No hace falta ser el blanco. Basta con ser el terreno.

El mecanismo se llama triangulación: el conflicto entre dos adultos no se resuelve de frente, se descarga sobre un tercero. Y el tercero disponible, en una casa, siempre es el hijo. No se ve dramático. Se ve así: «pregúntale a tu mamá por qué no fuimos al parque». «Yo sí quería, ella dijo que no.» «No le cuentes esto a tu mamá, que se pone así.» Tres días de silencio en la casa que el niño, sin que nadie le explique nada, decide que son culpa suya.

Hay una medición que vale la pena que conozcas. Paul Schrodt publicó en 2025 un meta-análisis en Human Communication Research que reunió 49 estudios y más de 23.000 personas de nueve países, y encontró una correlación media de r = .402 entre el conflicto entre los padres y el hijo sintiéndose atrapado en el medio. No es un efecto gigante, pero es sólido y se repite en culturas distintas: el niño que queda en el medio no sale ileso, aunque nadie lo haya tocado. Si quieres ver el patrón completo, lo desarrollo en qué es la triangulación narcisista.

La distinción que casi nadie hace: el hijo que sí lo pasa bien

Cuando hay dos hijos, es frecuente que el reparto no sea simétrico. Uno queda como el difícil, el problemático, el que «salió a la mamá». Y el otro queda arriba: es el preferido, el que sí lo entiende, el compañero. Con ese segundo hijo, el padre es encantador. De verdad encantador.

Y aquí es donde veo a las madres gastar toda la energía en el lugar equivocado. Consuelan al que llora, defienden al que fue humillado, hacen bien —y dejan solo al otro, porque el otro «está bien». Pero el hijo preferido no está bien: está aprendiendo que el afecto es un puesto que se pierde. Que él vale mientras rinda, mientras admire, mientras esté del lado correcto. Ese es el que llega a los treinta a un consultorio sin poder señalar ni una sola escena fea, convencido de que su infancia fue buena y sin entender por qué se rompe cada vez que alguien deja de aprobarlo. Sobre esa factura tardía escribí aparte, en cómo afectan los padres narcisistas en la vida adulta.

El favorito no está a salvo. Está en la misma cuenta, en la otra columna.

Mito 2: «Es mejor aguantar hasta que estén grandes»

Detrás de este mito hay una intuición razonable: la separación duele, y una madre no quiere ser la que provoca el dolor. Así que aguanta cinco años más, en nombre de ellos.

Lo que la evidencia sugiere es que la variable que pesa no es casada o separada. Es cuántas escenas presencia el niño. Edward Kruk, profesor de la Universidad de British Columbia, trabaja este punto con familias de alto conflicto: lo que le hace daño al hijo no es que ustedes dos tengan un problema, es que él lo vea. Una revisión sistemática publicada en Current Psychology (Springer, 2021) sobre exposición al conflicto parental apunta en la misma dirección. Su propuesta para estos casos se llama crianza paralela: los dos conectados a los hijos, y desconectados entre ustedes. Nada de coordinar, nada de negociar en la puerta, nada de «hablarlo como adultos». Logística por escrito y punto.

Ahora la parte honesta, la que rara vez se dice: separarte no es automáticamente proteger. Si te separas y las entregas se convierten en veinticuatro escenas al año en la portería, con reproches en frente de los niños y llamadas a gritos, tu hijo ganó en frecuencia lo que perdió en convivencia. He visto divorcios que multiplicaron la exposición en lugar de bajarla. La pregunta útil no es «¿me voy o me quedo?». Es: en los próximos doce meses, ¿cuántas veces va a ver mi hijo a sus papás en conflicto, y cómo bajo ese número? A veces la respuesta es irse. A veces es irse y además rediseñar cada entrega. Casi nunca es solo lo primero.

Y si lo que te tiene ahí no es la duda sino algo más físico —eso de saber perfectamente que te hace daño y aun así no poder soltar—, eso tiene una explicación propia y la desarrollo en qué pasa en tu cerebro con el trauma bonding.

Mito 3: «Tengo que explicarles quién es su papá de verdad»

Este mito nace de un impulso decente: que no los engañe como te engañó a ti. Que tengan la información. Que se defiendan.

Pero un niño no puede sostener un diagnóstico sobre su padre. Cuando le entregas la etiqueta —«tu papá es narcisista», «tu papá es un manipulador»—, no le estás dando una herramienta: le estás pidiendo que elija bando. Y elegir bando es exactamente la operación que quieres evitar, porque es la misma triangulación del mito 1, solo que ahora sale de ti.

Hay algo que sí funciona, y es más chiquito y menos épico: no describas al hombre, describe la escena. Sin etiqueta y sin veredicto.

  • No: «tu papá es un mentiroso y te está manipulando».
  • Sí: «papá dice que no lo prometió. Yo estaba ahí y sí lo prometió. Tú lo escuchaste bien.»

La segunda frase no diagnostica a nadie. Hace algo más importante: le devuelve al niño su propia percepción. Porque lo que más daño hace a largo plazo no es la promesa rota; es que el niño empiece a creer que se le dañó el aparato de percibir. Cuando él le da la vuelta al asunto y termina siendo la víctima del cuento —y el niño se queda debiéndole una disculpa por algo que no hizo—, eso tiene nombre y lo desarmo en qué es la inversión de culpa.

Un apunte más, del mismo lado. La versión pregunta-inocente de este mito es el interrogatorio: «¿te trató bien tu papá?», «¿estaba esa señora?», «¿qué te dijo de mí?». Se siente como cuidado. Le llega al niño como una misión. Un hijo que entra al carro sabiendo que va a ser interrogado aprende a editar lo que vive antes de vivirlo. Si necesitas información por seguridad, la buscas por otro lado: colegio, pediatra, la persona adulta que estuvo ahí. No por él.

Mito 4: «Si se lo explico con calma, va a entender que es por los niños»

Este es el que más energía consume. El correo de tres párrafos. El audio de seis minutos, bien redactado, sin insultos, con argumentos. La certeza de que si esta vez lo digo bien, va a entender.

La explicación no es un puente. Es combustible. Cada párrafo tuyo le entrega tres cosas: material para responder, evidencia de que todavía te importa su opinión, y una puerta abierta a la siguiente discusión.

Bill Eddy, que trabaja con personas de alto conflicto, propone un método con un nombre fácil de recordar: BIFF —breve, informativo, amable, firme—. Un párrafo. Solo datos. Ninguna defensa, ninguna emoción, ningún «¿por qué siempre haces esto?».

  • Lo que sale solo: «No puedo creer que otra vez no lo recogieras. ¿Tienes idea de la cara que puso? Si de verdad te importaran tus hijos...»
  • BIFF: «El martes 14 no hubo recogida. La cita del odontólogo es el 3 a las 10 a. m. Confírmame si vas. Gracias.»

La segunda no tiene por dónde agarrarla. Y aquí está lo que necesito que veas: esa frialdad amable no es rencor ni superioridad. Es blindaje. La regla operativa se resume en no justificarte, no discutir, no defenderte, no explicar. Cuesta trabajo, y cuesta por una razón concreta: si creciste aprendiendo que la seguridad se conseguía siendo la que explica bien, la que suaviza, la que hace entender —soltar eso se te va a sentir como maleducación. No lo es. Es la primera vez que un límite no viene con folleto explicativo.

Un aviso sin rodeos: nada de esto aplica si hay violencia física o amenazas. Ahí no se trata de estilo de comunicación. Se trata de un plan de salida con apoyo real —red cercana, ruta legal y, en Colombia, la línea 155—.

Mito 5: «Como me quedé tanto tiempo, el daño ya está hecho»

Esta creencia suele llegar disfrazada de lucidez. Suena madura, suena a asumir responsabilidad. Y es la que más madres paraliza, porque si ya está hecho, no hay nada que hacer hoy.

Hay un hallazgo que le pone freno a eso. Mary Main, con la Entrevista de Apego Adulto, encontró que lo que predice un apego sano en un adulto no es haber tenido una infancia sin heridas. Es algo distinto: la coherencia con la que esa persona puede contar su propia historia. No qué pasó. Cómo lo puede narrar. Y una revisión de 2024 sobre lo que se llama «apego seguro ganado» (Filosa, Sharp, Gori y Musetti) cuantificó lo que se intuía: entre el 20 % y el 25 % de los adultos con apego seguro vienen de infancias inseguras.

Ahora traduce eso a tu cocina. Si lo que sostiene a un hijo es poder contar su historia de forma coherente, entonces tú no llegaste tarde: tú eres la coautora de esa historia, y el capítulo se sigue escribiendo. En la práctica son tres frases, dichas en el momento en que pasa o incluso años después:

  1. «Sí pasó.» —contra el borrado.
  2. «No fue tu culpa.» —contra la culpa que el niño se autoadjudica para poder seguir queriendo a su papá.
  3. «Eso no era normal.» —contra que lo instale como estándar y lo busque después en su pareja.

No hacen falta más. Un adulto que en la casa nombraba la realidad en voz alta es, muchas veces, la diferencia entre un niño confundido y un niño herido pero orientado. Herido y orientado se trabaja. Confundido cuesta veinte años.

Y una cosa que no se dice lo suficiente: para poder nombrar la realidad delante de tu hijo, tú tienes que poder verla primero. Ese suele ser el orden real. Si estás en ese punto —el de recuperar tu propia claridad antes que nada—, en Apego Detox trabajo exactamente eso, paso a paso.

Lo que tus hijos van a recordar

Casi ninguno de mis pacientes adultos recuerda las peleas con detalle. Recuerdan otra cosa: si hubo alguien en esa casa que dijera en voz alta lo que estaba pasando.

Eso me hizo cambiar la forma de plantearlo con las madres. Tú no eres el escudo de tus hijos —ese trabajo es imposible y te va a romper intentándolo—. Eres el testigo. Y un testigo no evita que la escena ocurra: evita que la escena quede sin nombre. Que es, al final, lo único que un niño no puede hacer solo.

Preguntas frecuentes

¿Debo obligar a mi hijo a ir a las visitas si dice que no quiere?

Ponerlo a decidir lo convierte en el responsable de un conflicto adulto, y esa carga es demasiado grande. En vez de preguntarle si quiere ir, indaga qué pasó: si aparece un riesgo concreto, ese dato va a un abogado y a un profesional que evalúe al niño, no a una negociación entre ustedes dos. Documenta por escrito y con fechas.

¿Sirve la terapia familiar o de pareja cuando hay un patrón narcisista?

En dinámicas de alto conflicto la terapia conjunta suele funcionar mal, porque el espacio se usa para conseguir un aliado y lo que tú digas ahí puede volverse material en tu contra. Lo que sí funciona es trabajo individual para ti, trabajo individual para el niño con alguien que entienda estas dinámicas y coordinación mínima por escrito.

Mi hijo repite frases de su papá contra mí. ¿Qué hago?

No discutas la frase ni intentes demostrarle que su papá miente: eso lo obliga a defenderlo. Responde al niño, no al mensaje. Algo como: «Entiendo que te dijeron eso. No es así, y esto lo arreglamos los adultos, no tú.» Le devuelves el asunto a su lugar sin pedirle que elija.

¿A qué edad puedo hablarles claro de lo que pasó?

No hay una edad mágica, pero hay una regla: describe conductas, no personas, y adapta el tamaño de la verdad a lo que el niño puede sostener. Hacia la adolescencia muchos ya nombran solos el patrón; ahí tu papel es confirmar lo que vieron, no corregirlos ni adornar la versión.

Si estás en riesgo: en Colombia, la Línea 155 atiende violencia de género las 24 horas, gratis desde cualquier teléfono; en emergencia inmediata llama al 123. Si estás en otro país, busca la línea de atención de violencia de tu localidad.

Este artículo tiene fines educativos y divulgativos. No sustituye la evaluación ni el tratamiento de un profesional de la salud mental. Si atraviesas una crisis, busca atención profesional en tu país.

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Javier Vieira, psicólogo especialista en narcisismo y trauma bonding

Sobre el autor

Ps. Javier Vieira

Psicólogo especialista en narcisismo, trauma bonding y apego tóxico. Acompaña en consulta a mujeres que quieren salir de relaciones que las lastiman, y creó Historias de la Mente, una comunidad de más de 180.000 personas.

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